Estos últimos meses he estado recordando unas palabras de Sergio Pitol que en cierta manera siempre he compartido: “Adoro los hospitales. Me devuelven las seguridades de la niñez: todos los alimentos están junto a la cama a la hora precisa, basta oprimir un timbre para que se presente una enfermera, ¡a veces hasta un médico! Me dan una pastilla y el dolor desaparece, me ponen una inyección y al momento me duermo, me traen el pato para que orine (...) me pasan libros, cuadernos, plumas… “ Yo también me he sentido siempre raramente feliz en los hospitales. Cuando tenía 16 años tuve que operarme y pasé varios días en uno de ellos, los recuerdo como días alegres, toda mi familia alrededor, colmado de regalos. Ahora es distinto, afronto una enfermedad solo, el día a día se convierte en un eterno minuto de introspección y soledad, pero cuando voy al hospital a hacerme los análisis, entonces vuelvo a ser feliz, cuando me sonríen las enfermeras, cuando el doctor me estrecha la mano, los ánimos, el cariño que recibo. Mucha gente tiene miedo de los hospitales, pero yo me siento custodiado en ellos, a salvo de las inclemencias del exterior. Sí, soy bastante raro.